
Mi querido presi me da pena, un año esperando su bautismo como gran líder mundial; varios meses soñando con hacer pandilla con el presidente más deseado del planeta; una pléyade de asesores redactando con primor el discurso ante la ONU; decenas de horas de diplomacia destinadas a que el presidente participe en el G-20... Y al final la noticia vienen a ser sus hijas o, lo que es peor todavía, el atuendo de las niñas.
Ahora, el debate surge con el derecho a la intimidad de las menores cuando el debate debería ser otro y es que en este viaje, Zapatero ha cometido varios errores:
Está claro que todo el mundo quiere viajar una vez en su vida a Nueva York y, si además puedes hacerlo sin tarjeta de embarque, sin facturar maletas, en limusina en vez de en autobús y dormir en un hotel de súper lujo, tienes que disfrutarlo, aparte de dar gracias a Dios.
El presidente del Gobierno tiene la gran suerte de poder llevar a sus hijas a Nueva York en esas condiciones y, además, regalarles una foto con Obama y Michelle, mientras los demás nos tenemos que conformar con la instantánea falsa en el Empire State Building tomada en un decorado.
Cualquiera aceptaría una invitación para asistir a una sesión de la ONU en la que hablan los líderes mundiales. Viajar a Nueva York en plan vip es una tentación que no resistiría nadie. Zapatero y sus hijas han caído en ella.
Cualquier padre hubiera hecho lo mismo: darles un capricho a las niñas, aunque tengan que faltar unos días a clase.
Ahora bien, el presidente o alguien de su alrededor tenían que haber calculado las consecuencias y los riesgos de integrar a Laura y Alba en la delegación oficial española.
No es lo mismo pasear por Manhattan como padre que hacerlo como jefe de un Gobierno en viaje oficial. Los privilegios de La Moncloa tienen también sus inconvenientes.
No es lo mismo una foto con Obama en una recepción oficial que un retrato de turista delante de Tiffanys.
Esa foto trasciende al álbum familiar y su interés público es indudable. No vale dejarse acunar por los privilegios de La Moncloa y después quejarse de las molestias.
A Zapatero, por muy tolerante que sea, seguro que le toca las narices la forma de vestir de sus hijas. Exactamente igual que al resto de los padres con hijas adolescentes, sean góticas, pijas, fashion, lolitas o punkies. Las leyes de la vida rigen para todos.
Hay que tener muchas narices para presentar a sus hijas con esa guisa. Está claro que para gustos los colores pero es que cuando se representa a una nación como la nuestra hay que cuidar el protocolo y suplir con asesores las lagunas existentes en dicha materia y es que como apuntaba con acierto un sagaz lector de elmundo.es, el destino del periplo era Pensylvania, que no Transilvania.
Así que, en mi opinión la culpa no es de quien le está dando bombo a la noticia si no que la culpa es del Sr. Zapatero por propiciar este tipo de noticias.
Podía haberles pagado de su bolsillo el billete de avión en línea regular, así como el hotel y la manutención. Entonces habría estado en condiciones de hablar de «viaje privado» y pedir a los fotógrafos que se abstuvieran de disparar las cámaras. No ha sido el caso.
Podía haber aprovechado la oportunidad para presentarlas en sociedad, justificando su presencia en Estados Unidos por lo excepcional de la ocasión.
Podía, en fin, haberse abstenido de posar para el ansiado retrato de coleguis junto al matrimonio Obama, a quien, por cierto, no acompañaban las hijas. Pero lo hizo. Posó, posaron todos, a las puertas del Metropolitan, y se consumó el esperpento.
Y es que de de todas las vías posibles ha escogido la peor: Podía (debía) haberlas dejado en casa, que hubiera sido lo correcto. En pleno debate sobre la educación, la disciplina y el esfuerzo, con una ciudadanía abrumada por la peor crisis económica del siglo, sus hijas tendrían que estar en clase, cumpliendo con su deber y dando ejemplo al respetable, que al fin y al cabo es quien mantiene a la familia.